Cuando era niño solía arrodillarme en un parque junto a la casa de mi abuela, veía pasar los coches y arrancaba de tirones la hierba de la tierra desgarrando sus raíces. Pasaba las horas contando las briznas y en miS manos aparecían manchar verdosas.
Pasaban los coches y yo me mordisqueaba el labio y sostenía mi presa mientras gemía la sirena agachándome cuando los coches pitaban. Yo saludaba con la mano tímidamente y contaba coches hasta que sus ecos se desvanecían. Comprendía entonces que se había ido era entonces cuando volvía los ojos hacia mis manos con manchas verdosas rayando mis palmas como si fuera sangre que dice que yo la había tomado y no la devolvería pero volviendo mirar.
Restregába mis manos para limpiar las manchas y lanzaba una piedra ala carretera. Me pedí a mí mismo ser mi amigo y anduve mi camino como un perro asustado y canté mi canción como un niño endemoniado con un puntapié y una maldición.
Así que es primavera una vez más y pronto será verano y volveré vagabundeando al lugar donde me arrodillé cuando escuché por primera vez los coches pasar y arranqué la tierra de sus raíces. Pero esta vez no usaré fuerza empleando el tiempo en arrancar hierba. No, la próxima vez será un día diferente, no contaré briznas de hierba sino que la acariciaré como a una amiga y me preguntaré que quiere decir todo eso. Entonces me levantaré y recordaré un tiempo donde un endemoniado niñato tiraba piedras y volveré a mi camino hacia algún sitio entre el verde y el negro. Porque ese sitio no será el mismo, porque yo no seré el mismo, porque nada es lo mismo, porque no siempre estarán los mismos amigos, porque LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO…